TIERRA Y PAVIMENTO: lo étnico en la ciudad
- Psic. Alexander Dominguez
- 30 jun 2025
- 2 min de lectura
Actualizado: 26 dic 2025
En las ciudades, no solo se construyen edificios: también se moldean cuerpos, subjetividades y formas de habitar. Como plantea Wirth (1988), la ciudad no se define solo por su tamaño o su densidad, sino por la manera en que organiza las relaciones humanas. Esa organización genera distancias, segmentaciones y modos particulares de existir.
La urbanidad, entonces, no solo transforma el espacio material; también configura quiénes pueden ser visibles, reconocidos o escuchados. En ese sentido, no es casual que las ciudades —a pesar de su aparente diversidad— impongan límites a la diferencia. Lo étnico en la ciudad no desaparece, pero sí se reacomoda, se esconde, se negocia.

La ciudad como espacio de tensión
Como bien menciona Urbalejo (2019): “sabemos que lo étnico está en la ciudad”. No es algo que se quedó atrás ni que pertenece exclusivamente a lo rural. Pero su presencia no es fácil ni cómoda. Para muchas personas "indígenas", vivir en la ciudad implica adaptarse a un entorno que muchas veces exige el ocultamiento: modificar la forma de hablar, vestirse o comportarse para evitar el estigma.
En estos espacios urbanos, la diferencia se vuelve un riesgo. Ser visible puede significar ser leído bajo etiquetas reduccionistas: pobre, atrasado, fuera de lugar. Como señala Herrera (2018), la urbanización aún se asocia con progreso, mientras que "lo indígena" permanece vinculado al atraso. Esta visión no solo marginaliza a quienes portan una identidad étnica, sino que también refuerza la idea de que hay un solo modo legítimo de habitar la ciudad.
Racismo encubierto y separación cotidiana
Oehmichen (2003) advierte que el racismo en las ciudades se manifiesta de forma encubierta, mediante mecanismos cotidianos que estructuran quiénes pueden habitar ciertos lugares. La distancia social se traduce en separación física y simbólica: ciertas zonas, servicios o espacios públicos no están pensados para todos. Esta lógica también afecta a las juventudes étnicas, que se ven obligadas a construir su identidad de forma individual en un entorno que muchas veces exige la renuncia a lo colectivo.
En ese proceso, lo étnico se convierte en un “texto” leído desde los márgenes, donde las memorias familiares —marcadas por exclusión o resistencia— siguen pesando en las subjetividades de las y los jóvenes en la actualidad.

Tierra encapsulada, cuerpos delimitados
La ciudad, en su imaginario moderno, se construye desde lo rígido, lo recto, lo funcional. El pavimento se impone como símbolo de orden y progreso. En contraste, la tierra —con su textura, su caos, su fertilidad— queda confinada: aparece solo en macetas, camellones o parques diseñados para “embellecer” el entorno.
Esa metáfora de la tierra encapsulada puede extenderse a los cuerpos étnicos. También ellos son contenidos, reducidos a islas dentro de la lógica urbana. El pavimento, en este sentido, representa la estructura fría y homogénea que limita la posibilidad de ser de otro modo.
¿Qué lugar hay para la diferencia?
Pensar en lo étnico en la ciudad no es solo un ejercicio teórico; es también un acto político. Supone cuestionar los imaginarios que oponen "lo indígena" a lo urbano, lo comunitario a lo moderno. Y supone reconocer que los “sujetos de tierra” —quienes traen consigo otras formas de habitar, de nombrarse, de resistir— siguen aquí, fracturando, haciendose presentes y creando gritas en el pavimento.
Quizás esas grietas sean la posibilidad de que algo distinto florezca.


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